Un espacio para contarnos como vemos la realidad con palabras

2 ago. 2010

Sigo agregando cuentos

Sobreviviente
El hombre subió trabajosamente hasta la parte más alta del morro. Se hizo visera con la mano y oteó la enorme planicie que yacía a sus pies. Tierra reseca cruzada por grietas serpenteantes, como si fuesen los ríos. Matas y arbustos inertes con los que parecía jugar el viento malicioso. Árboles arrancados de cuajo, presa del fuego de los días posteriores al desastre. Chapas, hierro, mampostería; pedazos de ayer.
Los verdes habían desaparecido, y los sonidos y el movimiento. Un cielo ocre, muerto de pájaros lo sentenciaba todo. Por entre la bruma podían advertirse destellos de claridad, sin embargo nada permitía confirmar la existencia del sol. Debía ser de tarde, se le antojó.
Bufó desencantado. Llevaba largos días reventando terrones a su paso, arrastrando la esperanza de encontrar otros como él, que hubieran sobrevivido.
Se sentó a descansar, una brisa tibia y polvorienta le cruzaba la cara. Le irritaba los ojos, se le metía en la boca dejándole un sabor pastoso en el paladar. La sed lo llevaba a secarse la transpiración con la palma de la mano para luego lamérsela.
Él había intuido la catástrofe. Pensó en avisar, tal vez los demás no se hubiesen percatado. Pero era más aconsejable ponerse a resguardo. Seguramente alguien iba a hacerlo.
Siempre había actuado así, sus problemas le llevaban demasiado tiempo como para preocuparse de los ajenos. Lo mismo habría hecho su padre, siguiendo los sabios consejos del abuelo que lo alentaba a evitar altruismos innecesarios.
Era evidente que tampoco nadie de este lado del morro había advertido de lo que se avecinaba y el que lo hizo…
No es que él fuese tan inteligente, sólo desconfiaba de todo y vivía lo suficientemente atento a cualquier contingencia. Cosa de ponerse primero a resguardo y de ser necesario, como en este caso, trancar la puerta del escondite para sentirse a salvo.
Así estuvo por días mientras duró la catástrofe. Cuando todo terminó, cuando cesaron los vientos depredadores y el fuego se hizo ceniza, finalmente se asomó. Descubrió el porque de los golpes y los gritos frente a su puerta, pasó entre el reguero de cuerpos e inició el camino. Ni cuervos parecían haber quedado; sólo moscas hurgando en su banquete. Algunos aún estaban en la posición que los encontró la muerte, a medio camino de su esfuerzo. Sorprendidos en su afán, ese que los entregara estoicos ante lo inevitable.
Miles de años de historia eran hoy un bollo de papel tirado en cualquier rincón, un intento fallido. Una prueba errónea de la cual ya no quedaban referencias.
Volvió a pensar que de haberse animado a buscar ayuda, tal vez muchos de esos despojos humanos aún estarían vivos. Un pequeño resquemor comenzó a invadirlo; ya se me va a pasar, pensó. Se había salvado, eso era lo importante, ahora formaba parte de los elegidos, de los más aptos de la especie. Aún tenía una vida por delante, en algún lugar debiera haber otros como él.
Se puso de pié, se quitó la tierra de los pantalones y reanudó la marcha. El descenso se hizo más rápido, avanzaba a los trancos esquivando malezas, trastabillando. Ahora el morro lo miraba a él desde lo alto.
Se descubrió andando en círculos; ninguna huella, ninguna señal. A tientas, en medio de un silencio agorero, el hombre arreo su desanimo para continuar. Era necesario llegar a algún lado, a cualquier lado, ya no importaba donde.
El camino se venía prolongando por infinitos días, tantos que ya había dejado de contarlos. La escenografía se repetía, más llanura, más cuerpos, menos mañana. Nada que justificara haberse guarecido a tiempo sin avisar.
El hombre se llamaba Juan, aunque eso a esta altura tuviese poca importancia, ya nadie volvería a llamarlo en ninguna parte. Su destino de sobreviviente sería el de caminar en medio de la nada, buscando a quien contarle lo bueno y útil que le había resultado, pensar en sí mismo.