Un espacio para contarnos como vemos la realidad con palabras

16 jul. 2010

Cuento nuevo

Pintura gran una


Tendría que haberlo dicho, hubiera sido correcto; incluso mucho más digno. Lo había pensado, pero justo en ese momento alguien salió a su encuentro con la diestra extendida y se la estrechó felicitándolo.
El primer gran elogio que recibía, el primero de tantos… Casi ni tuvo tiempo a darse cuenta. Tan gentiles todos, redundantes en sus consideraciones; exagerados muy probablemente.
De repente se encontró en medio del gran salón, rodeado de personas interesadas en conocerlo. Su arte había pasado a ser expresionista, cuando hasta hacía unos días nomás, esa maroma anárquica de colores que parecían pelearse sobre la tela, no le provocaban la más mínima impresión.
Y el… luchando endemoniadamente contra esa duda, sin demasiado tiempo para reflexionar acerca del qué hacer; del cómo, e incluso del cuándo. Respondiendo titubeante que sí, que sus restantes obras se enmarcaban en ese estilo. Se dejó llevar, simplemente eso.
¿Tendría que haberlo dicho? Se interrogaba mucho después de aquel
vendaval de curiosos que lo desbordaron. Ya no le parecía tan oportuno ni cómodo, explayarse en aclaraciones que incluso podrían ser confusas, absurdas o hasta humillantes.
Se imaginó parado en aquel lugar blandiendo una dignidad estoica y quienes lo rodeaban alejándose confundidos, molestos por la contrariedad; sintiéndose burlados por tamaña confesión.
Minúsculo detalle que lo hubiese privado seguramente de esta pléyade de admiradores deseosos de recomendarlo, de invitarlo a muestras venideras.
Todo el ambiente hablaba de él y lo seguirían haciendo. Imposible saber hasta adonde habría de llevarlo este despertar inesperado de la
consideración popular.
Tantos años de andar de aquí para allá, con la suerte en la otra cara del dado y ahora esto; el éxito. No debería temer en llamarlo así, aunque su principal mérito radicara únicamente en la antigüedad de sus esfuerzos.
Rendido ante semejante evidencia, tal vez debiera desterrar definitivamente esos soliloquios absurdos que lo atormentaban. Afanarse en volcar sus musas iracundas sobre la tela y reiterar este giro involuntario que había tenido su arte. Si hasta pudiera ser que haya creado un estilo, que incluso con el tiempo llevara su nombre y que acercara un nuevo recurso a artistas de dudoso talento.
A esta altura imaginó que ya nadie le creería la verdad, reirían despreocupados celebrando su humor ante semejante confesión. Tal
vez haya sido por eso que al final de aquel día, empachado de elogios que hasta creía merecer, el hombre desistió de su actitud samaritana y comenzó a aceptar su nueva realidad, aún cuando no tenía bien en claro que hacer con ella. Poco importaba ahora si debería haberlo dicho o no. Abortada la incertidumbre todo perdía sentido.
El nuevo Dalí anda hoy por la vida disfrutando su rol de parecer, sin siquiera preguntarse ni por un momento, quien habrá sido el genio que, - vaya a saber por qué-, había colgado su cuadro exactamente al revés.